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Sunday, October 30, 2011
Contravía: "Delitos electorales. Las regiones en riesgo"
Les comparto algunos comentarios sobre 'Delitos Electorales' en mi intervención de esta semana en el programa Contravía.
This article was first published in Tren al Sur, by Julián Arévalo, and it is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
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Monday, June 27, 2011
El Papel de las Campañas en las Elecciones Presidenciales de México en 2006
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| Foto: Andrés Manuel López Obrador, Felipe Calderón. Fuente: MexicoDecide.com |
En el número más reciente del American Journal of Political Science, Kenneth Greene investiga el efecto de las campañas políticas en términos de persuasión del electorado, centrando su análisis en el caso de la cerrada elección de 2006 que le dio la presidencia a Felipe Calderón sobre Andrés Manuel López Obrador. El argumento que motiva este estudio es que mientras en sociedades cuyas democracias están bien establecidas la decisión de buena parte del electorado es hasta cierto punto predecible, las elecciones en las "nuevas democracias" resultan ser mucho más volátiles. En estos casos, donde es normal que algunos candidatos pasen de tener algunos pocos puntos porcentuales en intención de voto a conquistar la mayoría del electorado, se abre un espacio importante para las campañas; allí, aspectos como la "identidad" –de clase, étnica, etc.-, típicamente considerados como importantes predictores del comportamiento electoral, pasan a un segundo plano detrás de los temas de la contienda.
El autor recurre a un escenario de información desequilibrada donde cada elector valora las características de los candidatos antes de hacer su elección. En esta valoración juegan un papel determinante la resistencia inercial - por ejemplo el escepticismo hacia información nueva-, así como el sesgo hacia alguno de los partidos políticos. De esta forma, si hay mayor información disponible sobre un candidato los electores tenderán a apoyarlo en la medida en que el grado de identificación partidista y la información de relevancia política antes de la campaña sean bajos. Esto, argumenta Greene, es más frecuente en las nuevas democracias a causa de los diferentes estilos de campaña de los candidatos, el grado de organización de los partidos, y los recursos con los que cuentan. Sobre este escenario teórico inicial, el autor propone dos hipótesis: 1) un efecto de persuasión grande sobre los votantes expuestos a un ambiente de información desequilibrada incluso cuando profesan unos lazos partidistas débiles o moderados, y 2) resistencia a las campañas de persuasión sólo para aquella minoría de partidarios fuertes.
El estudio presenta evidencia acerca de la volatilidad en la intención de voto en los meses anteriores a la última elección presidencial mexicana: alrededor del 37% de la población cambió su intención de voto al menos una vez entre octubre de 2005 y julio de 2006, algo que supera ampliamente lo que ocurre en democracias bien establecidas. Adicionalmente, el artículo presenta un modelo econométrico que muestra un importante efecto de las campañas en la elección de los candidatos a través de cambios en variables como la evaluación de políticos importantes y partidos políticos, así como en las posiciones del electorado frente a temas económicos. Es decir, se encuentra evidencia de que, a diferencia de lo que ocurre en democracias más desarrolladas, en este caso las campañas afectan la decisión de un amplio sector de la población.
Más aún, el autor encuentra que un 23.9% de los electores presentó algún tipo de conversión en su elección, cambiando de su candidato "natural" –el que elegiría en ausencia de campañas- hacia algún otro; tal vez lo más importante de esto es que de estos electores que experimentaron algún tipo de conversión, un 69.1% lo hicieron hacia Felipe Caderón mientras que sólo un 21.8% lo hiciera hacia López Obrador. Es decir, la "conversión" jugó un papel importante en la victoria de Calderón. Seguido a esto, el autor muestra el efecto de las campañas a través de su impacto en la evaluación de los candidatos. Encuentra que los electores presentan una baja inercia –la evaluación hecha meses antes tiene un papel limitado-, mientras el sesgo partidista y la intensidad con la que los electores se identifican con su partido, juegan un papel mucho más notorio.
Greene concluye señalando la importancia de las campañas en democracias relativamente jóvenes, y destaca el papel que estas pueden tener en un eventual proceso de rendimiento de cuentas por parte de los políticos. Igualmente, destaca la importancia de desarrollar canales de comunicación con votantes indecisos y la importancia de regular el financiamiento de campañas políticas; esto con el fin de nivelar el terreno para contendores con diferencias importantes en sus recursos y, así, evitar que las elecciones terminen girando únicamente en torno a la imagen de los candidatos y más bien se concentren en temas substanciales.
Algo preocupante frente a los resultados de este estudio es el bajo nivel de institucionalización de los partidos políticos de la región, el reducido grado de identificación partidista por parte del electorado y las borrosas líneas que separan ideológicamente a los partidos –en los pocos casos donde todavía existen. Estas condiciones crean indecisión en amplios sectores de la población y, como menciona Greene, tienden a favorecer escenarios donde la personalidad de los candidatos, más que sus propuestas de fondo, juegan un papel trascendental en la determinación de los resultados. Un claro ejemplo de esto se encuentra en las recientes elecciones presidenciales en Perú, donde a pesar de las evidentes diferencias ideológicas entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala, la contienda se centró más en ataques personales y descalificaciones mutuas que en un amplio debate acerca de las ideas y programas de los candidatos. ¿Qué se puede esperar de escenarios donde las diferencias ideológicas entre los candidatos no son tan marcadas?
Ahora, ¿qué tipo de rendimiento de cuentas puede haber en un sistema político donde la decisión de apoyar a uno u otro candidato reside en su personalidad y no en propuestas de fondo? El escenario es bastante indeseable y difícilmente será cambiado por parte de los políticos quienes, en últimas, obtienen beneficios importantes de estos contextos de baja institucionalización política. La ciudadanía, en cambio, tiene en sus manos el derecho a decidir si toma sus decisiones basada en programas de gobierno o en temas relacionados con la personalidad de los líderes.
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Referencias
Greene, K. (2011) Campaign Persuasion and Nascent Partisanship in Mexico's New Democracy. American Journal of Political Science, Vol.55, Issue 2. pp 398-416.
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Referencias
Greene, K. (2011) Campaign Persuasion and Nascent Partisanship in Mexico's New Democracy. American Journal of Political Science, Vol.55, Issue 2. pp 398-416.
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Sunday, January 16, 2011
Disonancia Cognitiva, Actitudes Personales y Partidos Políticos
Cuando un ciudadano se ve ante la elección de un candidato o partido político, su decisión obedece a variables como su orientación ideológica personal, sus creencias, valores, o sus pre-concepciones acerca del papel del Estado entre muchas otras. Así, es de esperarse que una persona muy creyente no se incline por un partido anti-clerical, o que un defensor a ultranza del libre mercado no integre un partido de izquierda.
Sin embargo, la fuerte relación existente entre características personales e identificación partidista va más allá de esto, como lo muestra un reciente estudio publicado en el American Political Science Review. Los autores argumentan que si bien la relación de características personales a elección partidista es cierta, su estudio ofrece evidencia acerca de la relación causal inversa: la elección de un partido político afecta las actitudes y comportamientos políticos de sus integrantes.
Este resultado va en la misma dirección de algunos estudios en psicología social: allí, se conoce como "disonancia cognitiva" al sentimiento que se tiene cuando se enfrenta información contraria; un mal comentario acerca de alguien a quien uno aprecia, por ejemplo. Esta incomodidad se resuelve por medio de un proceso mental de ajuste de creencias y actitudes de acuerdo a las pre-concepciones sobre el fenómeno en cuestión. Así, compartir una identidad o pertenecer a un grupo –llámese tribu, religión, raza o partido- genera comportamientos y creencias que hacen que sus integrantes se identifiquen más con otros miembros del mismo grupo que con aquellos fuera de este; desde luego, muchas veces esto implica ignorar los posibles errores del grupo.
El estudio -realizado por un equipo de Profesores de la Universidad de Yale- consistió en un experimento de campo en el estado de Connecticut, Estados Unidos, de cara a las elecciones presidenciales primarias de 2008. Tras una encuesta inicial, se contactó por correo a posibles votantes que no estaban registrados en ninguno de los dos partidos políticos dominantes pero que mostraban cierta inclinación hacia uno u otro. En el correo a los potenciales electores sólo se les recordaba que para poder votar en las primarias, el estado de Connecticut les exige a sus residentes estar registrados en algún partido.
Ente los resultados de la investigación se encuentra que aquellos individuos que fueron contactados tuvieron una probabilidad más alta de registrarse y votar que aquellos que no lo fueron. Lo más interesante, sin embargo, es que en una encuesta realizada meses más tarde se observa que quienes decidieron registrarse como resultado del correo, muestran una mayor identificación con el partido político de su elección, que aquellos que no lo recibieron. Igualmente, aquél grupo muestra mayor coherencia en términos de la relación entre su elección de partido, comportamiento electoral y la evaluación de políticos, sean estos de su mismo partido o del partido contrario. Finalmente, no se encuentra un efecto importante sobre opiniones políticas personales o el grado de participación en política.
Si bien este es un estudio pionero en el tema, lo cual hace necesario complementarlo con otros similares para alcanzar resultados concluyentes, surgen de aquí un par de reflexiones importantes. Por un lado, es positivo que los partidos aglutinen al electorado y lo movilicen para participar en elecciones, en últimas, la participación masiva en estas es fundamental para la legitimidad de una democracia. Así pues, es destacable que la membresía partidista tenga un efecto positivo sobre el comportamiento electoral.
Por otro lado, es preocupante que no se encuentren efectos importantes en términos de opiniones y participación en política. Es decir, pareciera que los miembros de los partidos son motivados únicamente para participar en elecciones, más no para debatir acerca de temas políticos o mejorar sus opiniones personales sobre los mismos. La situación es aún más crítica cuando observamos que los miembros de un partido tienen una mejor opinión acerca de los políticos de éste (frente a aquellos que no son miembros de ningún partido), al tiempo que empeora su opinión respecto a los políticos del partido contendor. Es decir, sólo por el hecho de pertenecer a un partido una persona es menos crítica de los políticos que la representan, al tiempo que es más crítica de los demás.
Este último resultado ayuda a explicar los altos niveles de popularidad que mantienen algunos políticos luego de votaciones masivas a su favor, a pesar de la evidencia de fallas importantes en su administración. Así, pareciera más importante para los ciudadanos sentirse identificados con su partido, para lo cual tienen que dejar de lado los errores que este comete, en lugar de mantener una actitud crítica hacia sus líderes y ejercer un control político riguroso.
Es lamentable ver la ciega defensa de proyectos políticos, más aún cuando sus abusos, errores y omisiones saltan a los ojos de la ciudadanía. Es también lamentable que en muchos casos resulte más importante la identidad partidista que el buen juicio político. Y, finalmente, si es poco lo que podemos hacer frente a estos problemas de disonancia cognitiva, más vale tener en cuenta que nuestras decisiones respecto a políticos y partidos cambian el juicio que tenemos de ellos. Así, no sólo es necesario elegir bien y ejercer un control político permanente, sino también recordar que la forma como vemos a los políticos y sus partidos están siendo afectadas por nuestras decisiones pasadas. ¡Una tarea nada fácil!
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Enlace a una versión libre del artículo Party Affiliation, Partisanship, and Political Beliefs: A Field Experiment
Referencia:
Gerber, A., Huber, G. and Washington, E. Party Affiliation, Partisanship, and Political Beliefs: A Field Experiment. American Political Science Review, Nov. 2010, Vol 104, No. 4.
Sin embargo, la fuerte relación existente entre características personales e identificación partidista va más allá de esto, como lo muestra un reciente estudio publicado en el American Political Science Review. Los autores argumentan que si bien la relación de características personales a elección partidista es cierta, su estudio ofrece evidencia acerca de la relación causal inversa: la elección de un partido político afecta las actitudes y comportamientos políticos de sus integrantes.
Este resultado va en la misma dirección de algunos estudios en psicología social: allí, se conoce como "disonancia cognitiva" al sentimiento que se tiene cuando se enfrenta información contraria; un mal comentario acerca de alguien a quien uno aprecia, por ejemplo. Esta incomodidad se resuelve por medio de un proceso mental de ajuste de creencias y actitudes de acuerdo a las pre-concepciones sobre el fenómeno en cuestión. Así, compartir una identidad o pertenecer a un grupo –llámese tribu, religión, raza o partido- genera comportamientos y creencias que hacen que sus integrantes se identifiquen más con otros miembros del mismo grupo que con aquellos fuera de este; desde luego, muchas veces esto implica ignorar los posibles errores del grupo.
El estudio -realizado por un equipo de Profesores de la Universidad de Yale- consistió en un experimento de campo en el estado de Connecticut, Estados Unidos, de cara a las elecciones presidenciales primarias de 2008. Tras una encuesta inicial, se contactó por correo a posibles votantes que no estaban registrados en ninguno de los dos partidos políticos dominantes pero que mostraban cierta inclinación hacia uno u otro. En el correo a los potenciales electores sólo se les recordaba que para poder votar en las primarias, el estado de Connecticut les exige a sus residentes estar registrados en algún partido.
Ente los resultados de la investigación se encuentra que aquellos individuos que fueron contactados tuvieron una probabilidad más alta de registrarse y votar que aquellos que no lo fueron. Lo más interesante, sin embargo, es que en una encuesta realizada meses más tarde se observa que quienes decidieron registrarse como resultado del correo, muestran una mayor identificación con el partido político de su elección, que aquellos que no lo recibieron. Igualmente, aquél grupo muestra mayor coherencia en términos de la relación entre su elección de partido, comportamiento electoral y la evaluación de políticos, sean estos de su mismo partido o del partido contrario. Finalmente, no se encuentra un efecto importante sobre opiniones políticas personales o el grado de participación en política.
Si bien este es un estudio pionero en el tema, lo cual hace necesario complementarlo con otros similares para alcanzar resultados concluyentes, surgen de aquí un par de reflexiones importantes. Por un lado, es positivo que los partidos aglutinen al electorado y lo movilicen para participar en elecciones, en últimas, la participación masiva en estas es fundamental para la legitimidad de una democracia. Así pues, es destacable que la membresía partidista tenga un efecto positivo sobre el comportamiento electoral.
Por otro lado, es preocupante que no se encuentren efectos importantes en términos de opiniones y participación en política. Es decir, pareciera que los miembros de los partidos son motivados únicamente para participar en elecciones, más no para debatir acerca de temas políticos o mejorar sus opiniones personales sobre los mismos. La situación es aún más crítica cuando observamos que los miembros de un partido tienen una mejor opinión acerca de los políticos de éste (frente a aquellos que no son miembros de ningún partido), al tiempo que empeora su opinión respecto a los políticos del partido contendor. Es decir, sólo por el hecho de pertenecer a un partido una persona es menos crítica de los políticos que la representan, al tiempo que es más crítica de los demás.
Este último resultado ayuda a explicar los altos niveles de popularidad que mantienen algunos políticos luego de votaciones masivas a su favor, a pesar de la evidencia de fallas importantes en su administración. Así, pareciera más importante para los ciudadanos sentirse identificados con su partido, para lo cual tienen que dejar de lado los errores que este comete, en lugar de mantener una actitud crítica hacia sus líderes y ejercer un control político riguroso.
Es lamentable ver la ciega defensa de proyectos políticos, más aún cuando sus abusos, errores y omisiones saltan a los ojos de la ciudadanía. Es también lamentable que en muchos casos resulte más importante la identidad partidista que el buen juicio político. Y, finalmente, si es poco lo que podemos hacer frente a estos problemas de disonancia cognitiva, más vale tener en cuenta que nuestras decisiones respecto a políticos y partidos cambian el juicio que tenemos de ellos. Así, no sólo es necesario elegir bien y ejercer un control político permanente, sino también recordar que la forma como vemos a los políticos y sus partidos están siendo afectadas por nuestras decisiones pasadas. ¡Una tarea nada fácil!
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Enlace a una versión libre del artículo Party Affiliation, Partisanship, and Political Beliefs: A Field Experiment
Referencia:
Gerber, A., Huber, G. and Washington, E. Party Affiliation, Partisanship, and Political Beliefs: A Field Experiment. American Political Science Review, Nov. 2010, Vol 104, No. 4.
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Wednesday, October 20, 2010
Cuando los Valores Chocan con la Economía: Elecciones y Aborto en Brasil y los Estados Unidos
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| -Karl Marx y Max Weber- |
Sin duda alguna Marx y Weber estarían bastante entretenidos viendo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil y las de mitad de período en los Estados Unidos. En el país suramericano, tras el paso de los candidatos Dilma Rouseff y José Serra a segunda vuelta, la atención ha girado en torno a un tema bastante controversial: el aborto. De forma similar, este tema ocupa un lugar importante en el discurso de varios candidatos al Congreso y Gobernaciones en los Estados Unidos, y afecta directamente las preferencias de amplios sectores del electorado. Pero, ¿qué tienen que ver Marx y Weber en todo esto?
Estos dos pensadores tenían visiones diferentes acerca de la relación existente entre las variables culturales, económicas y políticas. Para Marx, las condiciones económicas de la sociedad determinan sus características políticas y culturales. Para Weber, por el contrario, la cultura de una sociedad influencia su vida económica y política (aunque no descarta que estas también influencien a aquella). En términos de variables culturales, son de trascendental importancia la religión, la moral que ésta determina y las posiciones que promueve frente a temas como el aborto.
En el caso de Brasil, la campaña de José Serra, candidato del Partido Social Demócrata, ha aireado la posición de su rival frente al aborto. Así, Serra ha llamado la atención del electorado diciendo que Rouseff, de ser elegida, legalizaría el aborto en el país suramericano. Esto ha puesto a dudar a muchos brasileros; tanto, que de acuerdo a las más recientes encuestas, la una vez amplia ventaja que favorecía a Rouseff, se ha reducido de forma significativa en las últimas semanas. La atención a los temas económicos y la agenda social que Rouseff propone han pasado a un segundo plano, siendo desplazados en la opinión pública por las posiciones frente al aborto. Es de destacar que este cambio de prioridades se da en una coyuntura de progreso económico y social, en un país que ha manejado de forma exitosa los efectos de la crisis financiera reciente.
En los Estados Unidos, con una legislación frente al aborto mucho más laxa que la brasilera, la iniciativa hacia el tema ha sido promovida por varias campañas de candidatos demócratas. En éstas se alerta al electorado diciendo que la agenda republicana es conservadora tanto a nivel económico como a nivel social. Lo anterior significa el señalamiento de una importante oposición al aborto por parte de los candidatos republicanos que resulten elegidos. Ante esto, los republicanos han acusado a sus rivales de cambiar el centro de la agenda, el cual, en su opinión, debe ser casi de forma exclusiva, de carácter económico. La diferencia con el caso brasilero es que la agenda que enfatiza aspectos culturales -la defensa de la libre elección frente al aborto, en este caso- es promovida en un período de crisis económica, con altos niveles de desempleo e insatisfacción frente a la ineficiencia del incremento en el gasto.
Estos dos pensadores tenían visiones diferentes acerca de la relación existente entre las variables culturales, económicas y políticas. Para Marx, las condiciones económicas de la sociedad determinan sus características políticas y culturales. Para Weber, por el contrario, la cultura de una sociedad influencia su vida económica y política (aunque no descarta que estas también influencien a aquella). En términos de variables culturales, son de trascendental importancia la religión, la moral que ésta determina y las posiciones que promueve frente a temas como el aborto.
En el caso de Brasil, la campaña de José Serra, candidato del Partido Social Demócrata, ha aireado la posición de su rival frente al aborto. Así, Serra ha llamado la atención del electorado diciendo que Rouseff, de ser elegida, legalizaría el aborto en el país suramericano. Esto ha puesto a dudar a muchos brasileros; tanto, que de acuerdo a las más recientes encuestas, la una vez amplia ventaja que favorecía a Rouseff, se ha reducido de forma significativa en las últimas semanas. La atención a los temas económicos y la agenda social que Rouseff propone han pasado a un segundo plano, siendo desplazados en la opinión pública por las posiciones frente al aborto. Es de destacar que este cambio de prioridades se da en una coyuntura de progreso económico y social, en un país que ha manejado de forma exitosa los efectos de la crisis financiera reciente.
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| -Carl Paladino (R) and Mario Cuomo (D); candidatos a la Gobernación de Nueva York- |
Entonces, ¿serán en últimas, las condiciones económicas o, por el contrario, las culturales, las que determinen los resultados políticos en estos países? De acuerdo a Ronald Inglehart, Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Michigan, un factor clave a tener en cuenta en esta discusión es la percepción relativa de inseguridad. Sociedades subjetivamente más seguras ponen un mayor énfasis en variables culturales y en valores post-materiales relacionados con la libertad de elección, al tiempo que reducen su respeto por la autoridad religiosa. Por el contrario, sociedades subjetivamente inseguras, muestran un rechazo por los valores post-modernos, al tiempo que centran su objetivo en la maximización del bienestar económico.
Los logros de Brasil en los últimos años en términos de crecimiento económico, reducción de la pobreza y de la desigualdad, hacen pensar que esta es una sociedad relativamente segura que empieza a poner menor énfasis en valores tradicionales y por consiguiente a responder en menor medida a aquellos valores promovidos por la iglesia. Por el contrario, la crisis financiera en los Estados Unidos y sus consecuencias en materia de desempleo e inestabilidad económica, indican que en este momento esta es una sociedad relativamente insegura. Esto hace pensar que la atención a temas económicos y el apego a valores tradicionales seguirán jugando un papel importante en las presentes elecciones. Evidencia de lo anterior es la creciente presencia del ultra-conservador Tea Party durante los últimos meses.
Así las cosas, esperaríamos un menor papel del discurso tradicional en contra del aborto en Brasil, dándole la presidencia a Dilma Rouseff. Al mismo tiempo, esperaríamos un importante papel del discurso económico en los Estados Unidos, acompañado de una menor atención al discurso de la libre elección en materia de aborto y otros temas similares. Esto, desde luego, significaría una gran derrota para el partido demócrata. Por paradójico que suene, los republicanos parecen estar siguiendo de cerca el discurso de Marx.
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| -Dilma Rouseff y José Serra- |
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Thursday, May 13, 2010
Desigualdad y Violencia
En un artículo académico de 2004 en el Journal of Development Economics, R. Soares estudia las variables causantes de violencia para una muestra de cerca de 80 países en años recientes y encuentra una relación directa de varias medidas de desigualdad económica hacia diferentes tipos de crimen. Para explicar los resultados encontrados en este estudio y las implicaciones de sus hallazgos, hacia el final del texto el autor usa un interesante ejemplo: “...la reducción de la desigualdad en un país como Colombia a niveles comparables a los de Argentina, Australia o el Reino Unido reduciría los robos en un 50% y los crímenes de contacto (atracos, crímenes sexuales, asaltos) en un 85%”. Esto, desde luego, sin cambiar otras variables como el crecimiento económico o los niveles de educación y urbanización.
Este resultado tiene implicaciones importantes sobre el debate político actual en Colombia. Más desigualdad económica genera más crimen; lo que esto quiere decir es que hay algo cercano a una ley en las ciencias sociales que muestra una relación causal de la primera al segundo, lo cual no indica que los teóricos del tema justifiquen el crimen ante una situación de desigualdad; de ninguna manera. Lo que esto significa es que tal relación se encuentra de forma generalizada al analizar diferentes sociedades. Divulgar este resultado, insisto, no es justificarlo y culpar al que lo divulga es tan absurdo como decir que Newton es responsable de la caída de los aviones por el hecho de descubrir la ley de la gravedad.
El quehacer científico consiste en mostrar la verdad; puede que no nos guste un hecho pero eso no es razón suficiente para negarlo o desconocerlo a cambio de buenas intenciones. Que no nos guste la ley de la gravedad no es razón para que no se acepte y se tomen medidas para evitar que esta afecte nuestras vidas. De igual forma, desconocer que la desigualdad económica genera violencia no es simple ideología política: es un hecho encontrado en las ciencias sociales que nos indica que debemos mejorar las condiciones de equidad si queremos reducir las tasas de criminalidad.
Así, decir que teorías como estas justifican o invitan a la violencia, como lo hizo esta semana Antanas Mockus ante la correcta explicación de Gustavo Petro, es un exabrupto, es querer tapar el sol con un dedo y es, ante todo, un rechazo a la verdad, típico de cualquier político tradicional. De un académico se esperaría una respuesta mucho más responsable y que antepusiera la evidencia científica a la esperanza, las ganas de que las cosas sean diferentes y, sobretodo, al cálculo político.
Sí bien los valores de una sociedad pueden transformarse con procesos educativos y, de esta forma tener un impacto en variables que afectan a la ciudadanía, esto no permite desconocer el estado actual de las cosas y, mucho menos, descalificar a alguien por mostrar la verdad, por desagradable que esta nos parezca.
Ver comentarios aquí
Versión (reducida) de El Espectador, aquí
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