Thursday, April 21, 2011

‘Contravía’ y la Democracia que Queremos

Después de vivir cerca de dos años en los Estados Unidos, tuve la oportunidad de presenciar la intensa campaña electoral que finalmente llevó a la presidencia a Barack Obama. Entre todos los aspectos llamativos de esta campaña, uno que en particular captó mi atención fue la permanente invitación a reuniones y fiestas en las que a los asistentes se nos pedía una pequeña contribución monetaria para financiar la candidatura de Obama.

En principio esto me pareció un poco extraño ya que, viniendo de Colombia, estaba acostumbrado a que quienes financian las campañas políticas son los grandes empresarios, industriales y, sobra decirlo, diversas fuentes de dudosa reputación. Pedirle plata a un estudiante como yo o mis amigos, así fueran sólo unos pocos dólares, me parecía muy raro.

Sin embargo, noté que quienes organizaban las reuniones a las que era invitado no eran personas que esperaban un puesto en caso de que Obama ganara la presidencia, ni miembros del partido demócrata, ni tampoco amigos o familiares de políticos locales. Eran ciudadanos comunes y corrientes -estudiantes, profesores, empleados- que realmente se motivaron con la esperanza de ver a Barack Obama en la Casa Blanca y que entendieron que la suma de múltiples esfuerzos individuales sería la clave para lograr los recursos necesarios para sobrevivir financieramente la costosa contienda electoral. Recordé entonces que había visto esquemas de funcionamiento similares en radio, televisión y algunos medios impresos: ciudadanos comunes y corrientes haciendo contribuciones voluntarias para poder tener acceso al tipo de información que quieren ver y no únicamente a aquella por la que pagan las grandes corporaciones.

Esta semana el programa de televisión Contravía decidió jugársela por este esquema y, con tal apuesta, abre una ventana de oportunidades inmensa para la democracia en Colombia y en América Latina. Se abre la posibilidad de tener un medio financiado por los ciudadanos en un país donde prácticamente la totalidad de la radio y televisión y, por ende, sus contenidos, son controlados por dos grandes emporios económicos. Se abren nuevas alternativas en un escenario con sólo dos periódicos de circulación nacional y donde los medios masivos, por miedo, conveniencia o incompetencia, han sido muy inferiores a los retos que ofrece la realidad del país.

Sin duda alguna, la democracia se ve fortalecida con más y mejores medios, más aún si estos son de carácter independiente; en sus nueve años Contravía ha mostrado la calidad y seriedad de su trabajo, así como su compromiso con la democracia. Más allá del fortalecimiento de nuestras instituciones políticas, con opciones como ésta la ciudadanía muestra que está en capacidad de competir con los grandes negocios, que no está dispuesta a ser un simple agente pasivo de los intereses económicos y que está en capacidad de elegir el tipo de contenidos que quiere ver. Es la única forma de exigir que las verdades que muchas veces se busca ocultar salgan a la luz pública, y contar con un medio de televisión para hacerlo.

La apuesta de Hollman Morris y su equipo hoy abre la oportunidad histórica de tener un programa independiente financiado por la ciudadanía; el éxito de esta apuesta nos permitirá pensar mañana en un canal de televisión o estaciones de radio financiadas completamente por sus seguidores; no muy lejos de allí estaremos hablando del financiamiento de campañas políticas por parte de la ciudadanía; estamos hablando de empoderar a la población para que sea ésta quien decida por quién quiere ser gobernada y no que simplemente elija entre las pocas opciones que se le ofrecen. Que este tipo de prácticas aún estén poco desarrolladas en América Latina, no es razón para no empezar a llevarlas a cabo.

La democracia funciona mejor cuando la construyen los mismos ciudadanos. Una democracia es débil cuando es impuesta desde arriba y es el resultado de intereses políticos y económicos con los que los ciudadanos comunes y corrientes -nosotros- no estamos realmente identificados. Participar en esta propuesta es nuestra oportunidad de contribuir a la democracia más allá del depósito del voto que nos piden cada dos años; es la verdadera oportunidad de elegir lo que queremos ver; es un primer paso hacia la democracia que soñamos. Démonos la oportunidad de soñar.

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Más información aquí.

Sunday, March 20, 2011

Comentarios al Libro "Gobiernos de Izquierda en Latinoamérica. Éxitos y Fracasos"

Uno de los temas políticos más complejos en Latinoamérica es el del papel de los partidos de izquierda, su relación con la sociedad, el modelo económico que representan, y su desempeño general una vez alcanzan el poder. Las dificultades que han vivido estos partidos en la región se remontan por lo menos al inicio de la guerra fría con la estrategia de contención del comunismo liderada por los Estados Unidos. Durante este período y gracias a su valor geopolítico, Latinoamérica sirvió de campo de ensayo de estrategias que buscaban detener el eventual avance de gobiernos de izquierda. Es así como aparecen el golpe de Estado a Jacobo Arbenz en Guatemala, a Salvador Allende en Chile, las dictaduras militares en varios países del sur del continente, y la represión generalizada a estudiantes, trabajadores, intelectuales y demás ciudadanos que se consideraran amenazas al modelo económico que se buscaba defender.

El fin de la guerra fría abre la posibilidad real de que partidos de izquierda puedan ascender al poder local y nacional en varios de los países de la región. La materialización de estas expectativas representa, sin duda, un hito en la historia reciente del continente. Sin embargo, luego de algunos años tras los primeros ascensos de la izquierda al poder, surgen (o retornan) algunas preguntas: ¿Qué intereses representa un gobierno de izquierda?; ¿Qué se puede esperar de un gobierno de izquierda?; ¿Bajo qué estándares se debe calificar a un gobierno de izquierda?; ¿Qué hace diferente a un gobierno de izquierda de sus competidores?

El libro "Gobiernos de Izquierda en Latinoamérica. Éxitos y Fracasos", editado por Kurt Weiland, Raúl L. Madrid y Wendy Hunter, intenta abordar algunas de estas preguntas a partir del estudio de cuatro países Latinoamericanos donde la izquierda ha llegado al poder en los últimos años: Bolivia, Brasil, Chile y Venezuela. Define a la izquierda por su interés en la búsqueda de equidad social, justicia y solidaridad; por oponerse a toda clase de diferencias por status, ser igualitaria, anti jerárquica y buscar la no-discriminación; finalmente, argumenta Weyland, los gobiernos de izquierda persiguen estos objetivos a través de una activa intervención del Estado. Desde luego, los gobiernos de Morales en Bolivia, Lula en Brasil, Lagos y Bachelet en Chile y de Chávez en Venezuela, en mayor o menor medida satisfacen estas características. El estudio se centra específicamente en los logros que estos gobiernos han traído a sus países.

El capítulo introductorio clasifica a los gobiernos en un continuo desde moderados a contestatarios de acuerdo a temas como sus relaciones con la oposición y con Estados Unidos, así como sus visiones en temas como respeto a las instituciones democráticas, globalización y neoliberalismo. De esta forma, ubica a Brasil y Chile dentro del grupo de moderados, y a Bolivia y Venezuela dentro de los contestatarios. El escenario en que se procede a evaluar a cada uno de estos países es en términos de desempeño económico de mediano y largo plazo, logros en materia social y tipo de democracia que favorecen (participativa o representativa).

En su análisis de Venezuela, Javier Corrales muestra que el gobierno de Chávez representa una ruptura frente al pasado en términos políticos pero una continuidad en temas económicos. La primera se hace manifiesta en la concentración de poderes por parte del ejecutivo, los costos crecientes de estar en la oposición, el deterioro de mecanismos de control político y la reducción en la libertad de prensa. Por su parte, la continuidad en el modelo económico se refiere a la dependencia del petróleo y la implementación de políticas similares a las que caracterizaron el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones que caracterizó a los gobiernos en la década de los 70s; en particular, el de Carlos Andrés Pérez. Adicionalmente, cuestiona el papel de las fuerzas armadas en el gobierno, el incremento en el gasto militar y su papel en cargos públicos, empresas estatales e incluso su capacidad de ser la única institución con poder de veto al presidente (al menos informalmente).

El autor cuestiona la sostenibilidad del modelo económico actual y critica la promoción de la democracia participativa con referendos y múltiples elecciones. De forma similar, le resta importancia a los avances en materia social y argumenta que los logros alcanzados son únicamente el resultado de mayores rentas petroleras y no de una mayor atención al gasto social. Sin embargo, a pesar de la importancia del petróleo en el gobierno de Chávez, el autor explica que la carencia del recurso no necesariamente significaría un colapso del mismo ya que, como muestra la literatura del tema, aunque la falta de recursos afecta duramente a las democracias, no ocurre lo mismo con regímenes autocráticos.

El capítulo dedicado a Bolivia -con seguridad el más débil del texto- cuestiona la agenda económica de Evo Morales y resalta las tensiones políticas que ha sufrido el gobierno durante estos años. Desde esta perspectiva, el debate político parece haberse convertido en un juego de suma cero, con temas sensibles como referendos para autonomía regional, nombramientos de jueces para la Corte Constitucional y la aprobación de una nueva constitución. En particular, resultan problemáticas las diferencias que aparecen entre las constituciones de las nuevas entidades autónomas y la constitución nacional. El autor cuestiona los avances en términos de desigualdad, competitividad, productividad y manejo de recursos naturales, y pone en duda la sostenibilidad de los avances logrados por la administración actual.

El caso de Chile es el que recibe un tratamiento más completo y, a la vez, el más favorable por parte de sus autores. Allí se destacan los logros en términos de reformas políticas frente al legado de los años de la dictadura de Pinochet, como la eliminación de la figura de Senadores vitalicios, reformas a leyes de financiamiento de campañas políticas en aras de generar mayor pluralismo y la subordinación del ejército a los civiles. Así mismo, se destacan logros en términos de reformas en el mercado de trabajo y en áreas de política social –Salud, Seguro de Desempleo y Pensiones, principalmente- al igual que el avance en la legislación en temas como el aborto y el divorcio donde las leyes Chilenas son las más conservadoras del continente. Todo esto va acompañado de una política económica conservadora, que sigue las restricciones internacionales y que persigue la estabilidad macroeconómica por encima de cualquier otro objetivo.

No obstante, prevalecen importantes dificultades en términos de los vínculos entre las élites de los partidos de izquierda y la sociedad civil, lo que dificulta la movilización de la población para fines políticos. Como lo explican los autores, esto es resultado de la experiencia durante la dictadura y las dificultades financieras que enfrentan estos partidos durante períodos diferentes a las campañas.

Por último, los dos capítulos dedicados a Brasil coinciden en atribuirle los logros de las administraciones de Lula a las políticas heredadas del gobierno de Fernando Henrique Cardoso e, incluso, de Fernando Collor de Melo. Para los autores, estos gobiernos establecieron un rumbo en términos del manejo económico y programas de asistencia social a los que el gobierno de Lula dio continuidad. Así, argumentan que Brasil durante los últimos años alcanzó éxitos moderados en términos de crecimiento, desempleo e inflación; logros mucho menores en temas políticos y peor aún en temas sociales, donde lo consideran una gran decepción. Igualmente cuestionan la legitimidad del gobierno de calificarse de izquierda al darle prelación a un modelo económico de acumulación capitalista donde las grandes compañías agroindustriales y financieras pudieron expandirse libremente.

La lectura de "Gobiernos de Izquierda en Latinoamérica" deja un doble sinsabor. Por un lado, se percibe cierta desconexión entre los capítulos: análisis diferentes, hipótesis diferentes (o la ausencia total de ellas), y afirmaciones sin mayor respaldo empírico o discusión. Sin embargo, al mismo tiempo se percibe cierta unanimidad de criterios para juzgar países con realidades históricas bastante diferentes como es el caso de Bolivia y Chile, aunque estos criterios no se apliquen en todos los casos. Por ejemplo, en el caso del primero, ignorar temas como la inclusión de pueblos indígenas, los cambios sociales y culturales así como en términos del impacto sobre la identidad nacional y las reivindicaciones históricas de estos pueblos, resulta una omisión trascendental.

Adicionalmente, el libro no hace una importante contribución en términos del entendimiento de la región y sus dificultades; la clasificación que hace es bastante estándar en la literatura y las apreciaciones sobre cada uno de los gobiernos son de conocimiento común. La ausencia de una hipótesis general sobre la cual se desarrollen los diferentes capítulos, acompañada de la superficialidad en algunos de ellos, hacen de la lectura un recuento de información más que un análisis sistemático de la misma.

Finalmente, dada la trascendencia del tema, la muestra incluida en el estudio es bastante limitada. Países como Argentina, Ecuador, Nicaragua y Uruguay quedan relegados a una breve sección del capítulo final, y sólo se hacen breves comentarios respecto a otros que en algún momento se han considerado de izquierda. (Contrasta esto con el caso de Brasil, al que se le dedican dos capítulos) Nuevamente, al no haber una clara hipótesis de trabajo (aparte de que a los moderados les va mejor), la validez interna y externa del estudio es bastante limitada.

Más allá de los problemas metodológicos del texto, la mayoría de los capítulos tienden a subestimar los logros alcanzados por la izquierda durante los últimos años y, en el peor de los casos, mostrarlos como el resultado esperado tras las políticas de gobiernos pasados. Si este es el caso, sería interesante ver un ejercicio contra-factual donde los partidos que hubieran asumido el poder fueran de una orientación ideológica diferente a la que realmente ocurrió. Es decir, ¿son los logros limitados de estos gobiernos el resultado de un abandono de la agenda política que los caracteriza (al menos a nivel teórico), o es este el desempeño esperado, dadas las restricciones políticas, económicas, sociales e históricas que estos enfrentan? Propongo un ejemplo: mientras en Brasil el coeficiente de Gini -que mide la desigualdad económica- cayó cerca de diez puntos durante el gobierno de Lula, en Colombia, donde durante estos años gobernó la derecha, este indicador creció en cerca de tres puntos. ¿Cuál habría sido el resultado en Brasil si las condiciones políticas hubiesen sido diferentes? El texto no responde este tipo de preguntas.

Para terminar, en cuanto a las conclusiones generales de la investigación, es claro que los gobiernos que han optado por estrategias más moderadas han tenido un mejor desempeño en temas sociales, políticos y económicos. Si bien esto no es una gran novedad, vale la pena tenerlo en cuenta como un referente respecto a los partidos y políticos que ofrecen cambios radicales frente al status quo, cuando son comparados con aquellos que proponen ajustes graduales. No es nuevo que el ajuste gradual suele brindar cambios más trascendentales que las revoluciones de un dia.

Monday, February 28, 2011

Clientelismo e Instituciones Participativas en México

Un problema importante que enfrentan múltiples sociedades durante el proceso de consolidación de sus democracias es el del intercambio de favores políticos por beneficios materiales, más comúnmente conocido como clientelismo. En repetidas ocasiones se ha hablado del papel que los mecanismos institucionales de participación democrática pueden tener sobre el control de este fenómeno. Sin embargo, un estudio reciente publicado en el Latin American Politics and Society, muestra que el efecto sobre las prácticas clientelistas depende sustancialmente de la forma como la ciudadanía se inserta en los procesos de participación pública y la relación que los partidos políticos tienen con ella.

Controlar el clientelismo es importante por varias razones; por un lado, este tipo de prácticas debilita la cohesión social al fomentar competencia entre grupos que buscan el favor de los políticos; igualmente, el clientelismo genera exclusión social al tratar de forma privilegiada a unos grupos sobre otros; y, finalmente, al restarle autonomía a los ciudadanos, dificulta el proceso de rendimiento de cuentas por parte de los actores políticos, afectando el desarrollo democrático de la sociedad. Los regímenes autoritarios y semi-democráticos que caracterizaron a Latinoamérica durante buena parte del siglo XX dependían de forma substancial de prácticas clientelistas: el caso típico es el de una comunidad que legitimiza a un líder político autoritario a cambio de beneficios materiales. Sin embargo, este tipo de prácticas no desaparece una vez la sociedad hace su transición a la democracia; por el contrario, las prácticas clientelistas se adaptan al nuevo contexto democrático penetrando los partidos políticos y convirtiéndolos en máquinas de intercambio de favores.

La literatura identifica tres agentes de control a los actores políticos: votantes, agencias estatales y sociedad civil. El autor del estudio, se enfoca en el papel de esta última y compara las ciudades Mexicanas de León y Nezahualcóyotl, dadas sus similitudes en términos históricos. Adicionalmente, en ambas ciudades el Estado implementó dos mecanismos similares de participación: comités de obras públicas e infraestructura, y comités de barrios. Ambos mecanismos son apolíticos, voluntarios y democráticos. A pesar de estas similitudes, el estudio muestra una reducción en la importancia de las prácticas clientelistas en León, pero la prevalencia de prácticas clientelistas heredadas de administraciones anteriores en Nezahualcóyotl.

¿Qué explica estas diferencias? De acuerdo a F. Montambeault, autor de la investigación, las principales diferencias en el funcionamiento de los grupos de la sociedad civil entre las dos ciudades radican en la autonomía que estos tienen para llevar a cabo sus labores. Aquí, autonomía se entiende como la capacidad de los ciudadanos para expresar sus preferencias y defender sus propios intereses por medio de mecanismos políticos. Así, en León los partidos políticos han estado por fuera del funcionamiento de comités y grupos consejeros ciudadanos, por lo cual estos han mantenido un carácter predominantemente apolítico. Por el contrario, en Nezahualcóyotl, las élites políticas han ejercido un importante control sobre los mecanismos de participación, lo que ha obstaculizado el desarrollo y fortalecimiento de la sociedad civil como un actor con capacidad de fiscalizar a los actores políticos.

De esta forma, si bien las reformas que buscan fomentar la democracia por medio de la inclusión de la sociedad civil logran vincular a los ciudadanos en procesos de decisión política, esto no es suficiente para alcanzar logros importantes en materia de reducción del clientelismo y, por consiguiente, en consolidación de la democracia. Es necesario que estas reformas vayan acompañadas de límites al poder de los partidos políticos en tanto estos queden impedidos de minar la autonomía de los grupos de la sociedad civil para que realmente se alcancen estos logros.

Como es tradicional al hablar del papel de la sociedad civil en la vida política de los países, estos grupos constituyen “una escuela” donde los ciudadanos se familiarizan con las prácticas políticas y se preparan para llevarlas a cabo en un nivel más alto. Si estos grupos de la sociedad civil son cooptados por los partidos políticos –normalmente mejor estructurados y muchos más poderosos- hay un costo alto en términos de la consolidación de una democracia. El diseño institucional orientado a fomentar la participación de la comunidad debe tener esto en cuenta.

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Referencias:

Montambeault, F. (2011) Overcoming Clientelism through Local Participatory Institutions in Mexico: What Type of Participation? Latin American Politics and Society, Volume 53, Issue 1, pages 91–124, Spring.

Ver una version libre aquí.

Saturday, February 26, 2011

Personalidades e Ideologías

A poco más de ocho meses antes de las elecciones regionales del próximo 30 de octubre, es poco lo que los Colombianos conocemos acerca de los programas que estarán en la contienda en los diferentes municipios y departamentos. Y hablo específicamente de programas, en lugar de candidatos, ya que son estos últimos quienes han dominado la escena pública.

Este fenómeno no es nuevo en un país que tradicionalmente se ha visto atraído por líderes populares que movilizan al electorado con gran facilidad y donde aspectos como su personalidad y su carisma resultan ser más importantes que las ideas y programas que defienden. Sin embargo, durante los últimos años se ha dado una tendencia hacia la reducción del debate ideológico, que pareciera dar la sensación de un acuerdo generalizado frente a las necesidades del país y la forma como suplirlas. Prueba de esto es la pasada disputa por la Presidencia donde al menos cuatro de los seis candidatos que lideraban las encuestas no competían por sus programas de gobierno sino por mostrar quién era el más indicado para preservar el legado uribista.

Pero, ¿existe realmente un acuerdo frente a las necesidades del país y los métodos para abordarlas - como sugiere la falta de compromiso de muchos candidatos- o se trata, más bien, de una estrategia de acomodamiento electoral? Siguiendo con el ejemplo de la Presidencia de la República y el progresivo desmonte del uribismo por parte del gobierno de Juan Manuel Santos, se evidencia que la ausencia de debate es, básicamente, una estrategia electoral: los candidatos dicen lo que la gente espera escuchar o, al menos, evaden temas que podrían comprometerlos seriamente frente a algunos sectores del electorado. Una vez en el poder llevan a cabo la agenda que más les interesa, como se ha podido constatar recientemente, no pocas veces ante la mutua sorpresa de sus electores y contradictores.

Esta estrategia, aunque pueda surtir efectos positivos para algunos candidatos, es bastante nociva para el desarrollo de una democracia sana. Si quienes deben liderar el debate público evaden su responsabilidad a cambio de dividendos políticos, las contiendas electorales son poco más que concursos de belleza donde los electores terminan votando por una imagen o un estilo y no por ideas claras acerca del futuro de la sociedad. Peor aún, una consecuencia de la vaguedad del discurso político es la total incertidumbre respecto a lo que hará un candidato en caso de que alcance el poder.

Dada la comodidad que representa para los candidatos a alcaldías, gobernaciones y demás cargos públicos, esconderse en un ambiente político de baja polarización, es responsabilidad de los ciudadanos ser exigentes con ellos. Así la ciudadanía debe demandar respuestas a preguntas como ¿Cuál es el programa de gobierno?; ¿Cuáles son los proyectos de infraestructura que tendrán prioridad?; ¿Qué tipo de gasto social planea fomentar?; ¿En qué sectores se invertirá?, o ¿Cómo se financiarán esos gastos e inversiones? Un político que no responda a estas y otras preguntas básicas, evade su responsabilidad y, por consiguiente, no merece ningún tipo de apoyo electoral.

Una democracia funciona mejor cuando las responsabilidades políticas no son deber y derecho exclusivo de sus líderes sino que también recaen sobre ciudadanos comunes y corrientes. En un contexto de candidatos y partidos que más que atraer a sus electores por medio de programas de gobierno, son maquinarias diseñadas para ganar elecciones, temas como la rendición de cuentas y el control político quedan completamente desvirtuados. Así, exigir claridad en los programas de gobierno es un requisito fundamental para la claridad en el debate político y es, a la vez, un punto de partida sobre el cual evaluar el desempeño de gobernantes y partidos. Reemplazar el discurso y la ideología por simples características personales es dejar al azar las decisiones futuras de la sociedad. Poco ayudan quienes fomentan este tipo de política.

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Enlace a mi columna en Zero Horas:

Monday, February 21, 2011

Comentarios al libro "La Transformación del Partido de los Trabajadores en Brasil, 1989-2009"

Uno de los eventos políticos más importantes de las últimas décadas en Latinoamérica es el ascenso al poder en Brasil por parte del Partido de los Trabajadores (PT). Siendo en sus inicios un partido radical, que integraba intelectuales, trabajadores y campesinos, y que surgía como respuesta a la dictadura de 1964-1985, el PT se transforma gradualmente hasta llegar a convertirse en la mayor fuerza electoral del país y alcanzar la Presidencia de la República en tres ocasiones consecutivas. El ascenso del PT ofrece ideas importantes sobre los aspectos que propician la consolidación de un partido político progresista. Al mismo tiempo, su contraste con casos menos exitosos ilustra los errores que comenten algunos partidos en proceso de consolidación en ambientes políticos particularmente complejos. El reciente libro de Wendy Hunter, "La Transformación del Partido de los Trabajadores en Brasil, 1989-2009", que aquí se reseña, muestra el desarrollo del PT desde sus años iniciales hasta los últimos años del segundo gobierno de Lula y ofrece un marco de análisis para el estudio de otros partidos políticos.

Durante su etapa inicial el PT se caracterizó por sus detallados requisitos para la afiliación de nuevos miembros, la baja autonomía de sus líderes intermedios y sus complicadas reglas de decisión. La coherencia ideológica entre sus miembros era bastante alta, al tiempo que el partido cargaba las banderas de la transparencia y la seriedad en el manejo político; la ideología partidista se ubicaba en un punto supremo y desde ningún punto de vista se consideraba negociable a cambio de votos o prebendas políticas. En el plano económico, su búsqueda de un modelo socialista se vio alimentada por las fallas del modelo neoliberal, y fortalecida gracias a su independencia frente a otros partidos de izquierda en el mundo.

No obstante, a lo largo de la década de los noventas se dieron importantes cambios en el electorado brasilero, particularmente relacionados con temas como la reforma agraria y las actitudes hacia el modelo económico neoliberal. Específicamente, los cambios en el electorado se dieron en la dirección contraria a la agenda original del PT: como resultado de la estabilidad macroeconómica alcanzada, el pueblo brasilero no veía con buenos ojos a un partido que ofrecía un cambio en el modelo económico. Por el contrario, resultaba más atractivo un partido que le diera continuidad a este modelo, pero que corrigiera las dificultades que presentaba frente a los temas sociales. Para el PT, aferrarse a su agenda radical habría significado quedar en el extremo izquierdo del espectro ideológico y sin ninguna posibilidad de alcanzar el éxito electoral a nivel nacional. Prueba de esto fue que los miembros del PT que adoptaron una agenda moderada alcanzaron mucho mejores resultados electorales a nivel regional que aquellos que mantuvieron el discurso radical.

De esta forma, se da un cambio en el discurso económico según el cual el PT asume una agenda en favor del libre mercado, sin que eso implique renunciar a sus objetivos de reducción de la pobreza y de mejorar las condiciones de igualdad al interior del país. Otro cambio importante fue en términos del marketing político; contrario a la visión inicial, en esta nueva etapa el PT contrata publicistas para que siguieran las tendencias del electorado, lo que implicaba "seguir a las masas" en lugar de "ser un líder de las masas", como había sido su política originalmente. Esto, a su vez, implicaba reducir el carácter ideológico de las campañas y enfocarse más en los atributos del candidato y la imagen que éste proyectaba en los medios; finalmente, se destaca la alianza con otros partidos, algo que habría sido impensable años atrás.

Es de destacar que los ajustes al interior del PT no fueron nada inmediatos. Por el contrario, los ajustes graduales que se llevaron a cabo durante los noventas estuvieron llenos de tensiones y contradicciones entre varios de sus miembros, como es de esperarse en cualquier partido donde el componente ideológico juega un papel preponderante.

Conceptualmente la transición del PT establece dificultades interesantes para su análisis al no ajustarse a los esquemas predominantes en la literatura. Mientras que un enfoque de elección racional predice el cambio de estrategia de tal forma que esta se ajuste a las condiciones cambiantes de la realidad política nacional y, así, permita ganar elecciones, falla al tratar de explicar la reticencia del partido a llevar a cabo esos ajustes durante sus años iniciales, como ocurre en muchos casos. Por otro lado, un enfoque histórico institucional, que permite entender cómo ciertas prácticas políticas persisten a lo largo del tiempo, enfrenta dificultades para explicar el cambio en la interacción del partido con el electorado. Así, Hunter recurre a la integración de los dos enfoques teóricos para lograr dar cuenta del efecto de los contextos político y económico en la creación de estructuras de incentivos que conduzcan a la innovación institucional. Esto, a su vez, le permite explicar la rigidez del partido para adoptar esos cambios, así como las consecuentes disputas internas protagonizadas por los diferentes grupos en su interior.

Adicionalmente, la autora muestra un contraste interesante entre el desempeño del PT en la legislatura frente a su comportamiento en los gobiernos locales. A nivel legislativo, las posiciones radicales del partido así como su permanente carácter opositor del gobierno le permitieron consolidarse ideológicamente, mostrar su cohesión, disciplina y lealtad partidista; campos en los que superó con creces a los demás competidores. Así mismo, su desempeño en el legislativo le generó una imagen bastante positiva gracias a temas como las denuncias de corrupción por parte del gobierno, una de ellas llevando a la renuncia del Presidente en 1992. En los gobiernos locales, la tarea del PT exigía más pragmatismo y moderación en el manejo político, lo que ayudó a entender la diferencia entre el proyecto de largo plazo a nivel nacional y las necesidades de corto plazo a nivel local. En estos gobiernos se defendió la transparencia, descentralización en el manejo de los recursos y provisión de servicios, así como un énfasis importante en materia de salud, educación y transporte. Se promovió la participación de la sociedad en el diseño de presupuestos, lo cual también favoreció el desarrollo y fortalecimiento de lazos con la sociedad civil. Igualmente, se dio inicio a los programas de transferencias condicionales de dinero que serían de gran éxito a nivel nacional durante la administración de Lula.

Hunter también explica la evolución de la estrategia para las elecciones nacionales. Lula pasa de un 47% en la segunda vuelta de las elecciones de 1989, como resultado de un ambiente político altamente polarizado, a no lograr ir más allá de la primera vuelta en 1994 y 1998; con una menor polarización, la opción del PT parecía ser demasiado radical como para recibir un apoyo electoral importante. Progresivamente, Lula exige autonomía para el manejo de su campaña política y da muestras de que no sería controlado por los sectores más radicales del partido en caso de llegar a la Presidencia. Finalmente, en 2002, con el desprestigio de Fernando Henrique Cardoso tras la devaluación del real en 1999, el PT en cabeza de Lula, llega al poder.

Durante su primer gobierno Lula da continuidad a la política económica de su antecesor, generando inconformismo al interior del partido. Sus diferencias más importantes se dan en temas de carácter internacional, donde promueve la cooperación Sur-Sur y busca consolidar al Brasil como un líder del tercer mundo, para lo cual busca aliados en Asia, Medio Oriente y África, al tiempo que le presta menos atención a Estados Unidos.

Ahora, de acuerdo con su lógica original, el PT es reticente a incluir en el ejecutivo miembros de la coalición que alcanza el poder. Esto conduce a una relación difícil con el legislativo que termina en una situación de compra de votos de Congresistas y que genera un escándalo mayor para la colectividad. Curiosamente, la imagen de Lula no se ve afectada por este escándalo, lo cual genera incomodidades dentro del partido ya que esto se toma como una señal de caudillismo, que es precisamente algo a lo que tradicionalmente se ha opuesto el PT. El segundo período de Lula se aproximaría un poco más al ideario original del PT en temas sociales, acompañados de importantes logros de caracter macroeconómico.

El libro termina con algunas comparaciones del PT frente a otros partidos políticos de la región. Así, muestra el caso del Frente Amplio en Uruguay, el cual sigue una trayectoria bastante similar a la del PT. Contrasta esto con FREPASO en Argentina, que al carecer de una buena organización desaparece una vez enfrenta la crisis tras la renuncia de De La Rua, así como el caso de La Causa R, en Venezuela, cuya falta de institucionalidad y el fenómeno Chávez aseguran su desaparición como partido de izquierda. Otro ejemplo es el de Izquierda Unida, en Perú, donde la estructura ideológica es tan rígida que le impide llevar a cabo las transformaciones necesarias para ajustarse a las nuevas condiciones políticas de su sociedad.

Dado el carácter del libro, su balance final podría dividirse en dos partes: una de carácter teórico  y otra de carácter práctico. A nivel teórico sus contribuciones no son tan claras, ya que más allá de mostrar la necesidad de un enfoque en el que se combinen el análisis de elección racional con el análisis histórico institucional, no hay una hipótesis de trabajo que se desarrolle a lo largo del texto. Como es de esperarse, esto reduce la validez externa de la obra ya que no ofrece una teoría bien definida que pueda ser aplicable directamente a otros escenarios y deja la duda de si el fenómeno que analiza es específico al caso brasilero. Tal vez consciente de esto, la autora incluye los casos de algunos partidos políticos de la región, mencionados al final, tema que sería interesante desarrollar con mucha más profundidad y quizá con una muestra más amplia.

A nivel práctico "La Transformación del Partido de los Trabajadores en Brasil, 1989-2009" presenta un balance interesante de la evolución del PT en las dos últimas décadas y de cómo los cambios que ha sufrido le han permitido convertirse en la fuerza electoral más importante del país. Las experiencias allí documentadas son, sin duda, un referente importante para otros partidos de izquierda en su lucha por llegar al poder así como para los interesados en el estudio de los partidos políticos latinoamericanos. Como muestra la sección final de análisis comparativo, el afán o la rigidez para llevar a cabo transformaciones institucionales pueden garantizar la muerte de un partido político.

Sunday, February 13, 2011

La Coherencia Ideológica de los Partidos Políticos Brasileros

Hace algunas semanas comenté en este blog dos estudios acerca de la evolución ideológica y política en Latinoamérica. En el primero de ellos (1) se muestra la dificultad que enfrentan los electores brasileros para ubicarse a sí mismos en el espectro ideológico izquierda-derecha, así como algunas de las consecuencias que esto trae en términos de sus elecciones políticas. El segundo trabajo (2) desarrolla la hipótesis de una reducción en la confrontación ideológica a nivel regional; recientes encuestas de opinión y resultados electorales evidencian una tendencia hacia el centro, acompañada de un proceso de convergencia en términos de la aceptación del modelo económico y las prioridades sociales.

Aunque en el primero de estos artículos mencionaba el multipartidismo como una posible explicación del resultado encontrado, esta hipótesis no se desarrolla plenamente. No obstante, si los resultados de ambos estudios son correctos, es de esperarse que los partidos políticos jueguen un papel fundamental en términos de la falta de identidad ideológica, así como del movimiento hacia el centro del espectro izquierda-derecha. Un estudio de Kevin Lucas y David Samuels de la Universidad de Minnesota, precisamente estudia esta hipótesis (3).

La investigación es dirigida al caso de Brasil y busca establecer si sus partidos políticos son débiles y el sistema partidista rudimentario, o si, por el contrario, hay algún indicio de fortaleza de los partidos. Para responder esta pregunta algunos estudios anteriores utilizan opiniones de expertos o información según la cual los congresistas ubican su propio partido, los demás partidos, y se ubican a sí mismos en el espectro ideológico. Entre las conclusiones de estas investigaciones anteriores se encuentra que los principales partidos políticos brasileros pueden ser organizados claramente entre izquierda y derecha y que su ordenamiento ha sido relativamente estable desde la transición a la democracia. Lucas y Samuels, no obstante, cuestionan este resultado.

A diferencia de los estudios anteriores, su enfoque consiste en utilizar las respuestas de los congresistas durante los últimos veinte años a múltiples preguntas. Estas incluyen temas como el papel del ejército en la sociedad, autoritarianismo y democracia, poderes presidenciales, estructura partidista, sistema económico, descentralización, campañas electorales, y evaluación a importantes políticos, entre otros. El estudio se concentra en los cuatro partidos políticos más importantes durante este período: Partido de los Trabajadores, PT; Partido de la Democracia Socialista de Brasil, PSDB; Partido del Movimiento Democrático Brasilero, PMDB; y Partido del Frente Liberal, PFL. Como técnica los autores utilizan el análisis de función discriminante, a fin de determinar las variables (respuestas a las preguntas mencionadas) que discriminan entre los posibles partidos políticos.

El resultado principal del estudio es la identificación de dos grandes bloques: uno conformado únicamente por el PT, y otro donde se encuentran todos los demás partidos. Como era de esperarse, el PT se encuentra hacia la izquierda del espectro ideológico, mientras que los demás –PMDB, PSDB y PFL- ocupan una posición hacia el centro-derecha, estadísticamente indistinguible entre ellos. Es decir, se derrumba el argumento de un discurso coherente y diferenciado entre los principales partidos políticos; a excepción del PT, todos los demás comparten sus posiciones y orientación ideológicas. Otro resultado interesante es el desplazamiento hacia el centro que el PT ha mostrado desde la llegada de Lula al poder en 2003, así como el movimiento del PFL durante los últimos 12 años pasando de una clara posición de derecha a una posición más hacia el centro.

Estos dos resultados coinciden con los de aquellos de los otros dos estudios mencionados al inicio: por un lado se reduce la identificación ideológica de los partidos más importantes, lo cual, como vimos, dificulta la identificación del electorado. Por otro lado, tanto la izquierda como la derecha se mueven hacia opciones más de centro, lo que reduce el espacio para el debate ideológico. Es decir, se alcanza cierto acuerdo entre los resultados económicos y sociales deseados, así como en los métodos para conseguirlos.

Como mencioné en mis entradas anteriores, si bien hay varios aspectos positivos de estos dos resultados, las consecuencias negativas no son nada despreciables: primero, al ser más difícil para los electores identificarse con uno u otro partido, estos se vuelven presa fácil de políticos oportunistas que sólo buscan atender sus necesidades inmediatas. De igual forma, cuando desaparecen las diferencias entre las posibles opciones, se deteriora la calidad en la representación y el rendimiento de cuentas por parte de los partidos.

Adicionalmente, al desaparecer la confrontación ideológica, el carisma y otras características personales de los líderes entran a jugar un papel más importante que las ideas y el discurso político; algo indeseable en una región tan proclive a la aparición de caudillos y con unas instituciones democráticas aún en proceso de consolidación. Finalmente, la convergencia ideológica hacia el centro genera la sensación de un acuerdo en torno al debate ideológico y, por consiguiente, descuida problemas importantes como las amenazas latentes en temas de seguridad o aquellos relacionados con el tráfico de drogas; un ambiente más heterogéneo, por el contrario, permite abordar estos problemas desde diferentes perspectivas, así como estar más atentos a las nuevas amenazas.

Aunque el estudio se centra únicamente en el caso brasilero, hay claros indicios de tendencias similares a lo largo de la región. Esto invita no sólo a evaluar en qué medida estas tendencias se encuentran en otros países, sino también las consecuencias que esto trae en términos del fortalecimiento de la democracia y de solución a problemas persistentes como los mencionados arriba. En un ambiente tan contrariado como el de la región, no es nada satisfactorio pensar en el fin del debate ideológico.

Nota:
Una de las preguntas que surge de este análisis es acerca de las razones detrás de la evolución del PT hacia una opción más de centro -probablemente uno de los eventos políticos más importantes en la región durante las dos últimas décadas. Este será el tema sobre el que hablaré la próxima semana.
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Referencias:

(1) Ames, B., and Smith, A.E. Knowing Left From Right: Ideological Identification in Brazil, 2002-2006. Journal of Politics in Latin America, Vol 3, No. 3, 2010.

(2) Shifter, M. A Surge to the Center. Journal of Democracy, Volume 22, Number 1, January 2011, pp. 107-121., 2011.

(3) Kevin Lucas, David Samuels. The Ideological "Coherence" of the Brazilian Party System, 1990-2009. Journal of Politics in Latin America, Vol 3, No. 3, 2010.

Wednesday, February 9, 2011

El Polo, los Medios y la Democracia en Colombia

Uno de los temas que ha copado la atención de los medios y la opinión pública durante los últimos meses es el de las divisiones del Polo Democrático, el desempeño de algunos de sus líderes y su futuro político. Los escándalos que hoy vive el Polo han sido un duro golpe para la colectividad e incluso han llegado a poner en duda la viabilidad de un proyecto político de izquierda democrática. Surge la pregunta acerca de lo equilibrado que es este debate, así como su conveniencia para el país.

Si se quisiera defender al Polo, lo más fácil sería decir que la atención que le han dado los medios y la opinión pública es injustificada al compararse con la que reciben los escándalos provenientes de otros partidos. No creo que este camino sea el correcto. Todas las administraciones y partidos políticos, independientemente de su ideología, deben estar sometidas a un escrutinio público permanente por parte de los medios, las entidades de control y de la ciudadanía en general. Lo curioso es que este derecho y deber ciudadano se ejerza selectivamente y “perdone” incluso crímenes contra la humanidad -como en los que se han visto involucrados miembros de otras colectividades- pero decida jugársela toda en este caso. ¿No será, más bien, que ese derecho y deber de informar responde a otro tipo de intereses, y los repetidos ataques al Polo hacen parte de una estrategia de mayores dimensiones?

La situación que hoy enfrenta el Polo no es nueva y, en cambio, se ajusta a dinámicas similares que han vivido otros partidos y políticos de izquierda en el continente. Desde el inicio de la guerra fría –sólo por dar una fecha-, el ascenso de la izquierda en Latinoamérica ha recibido toda la oposición por parte de los sectores que más se ven beneficiados con la preservación del statu quo -medios de comunicación, grandes empresarios e Iglesia Católica, entre otros. Ejemplos de esto son los casos de Jacobo Arbenz en Guatemala, Salvador Allende en Chile, el Sandinismo en Nicaragua o el Partido de los Trabajadores en Brasil. En todos estos escenarios, ya sea por la vía armada, la manipulación de los medios de comunicación, presiones externas directas, o simple “ayuda humanitaria”, se han obstruido proyectos progresistas que buscan incluir a amplios sectores de la población.

A pesar de algunos cambios en la geopolítica mundial, es claro que en múltiples escenarios locales e internacionales no se ve con buenos ojos la consolidación de este tipo de proyectos políticos. Por el contrario, cuando éstos empiezan a convertirse en una fuerza electoral importante, las campañas de desprestigio y de desinformación no han faltado.

Se dirá que el caso del Polo no se ajusta a este formato y que sus propios errores son los responsables de la situación que el partido vive actualmente. Seguramente sí, pero regreso sobre mi punto anterior: llama la atención que cuando se han dado escándalos como la parapolítica o los innumerables casos de corrupción que ha visto el país a lo largo de su historia, no se haya puesto en la picota pública a colectividades enteras. Si hay alguna duda de esto, sólo hay que ver la importante presencia en el Congreso de la República de miembros de los partidos involucrados en estos escándalos.

Conscientes de esta situación, varios dirigentes del Polo ya han manifestado su descontento frente a medios como El Tiempo por tergiversar la información que ofrecen a sus lectores, o por ocultar sus pronunciamientos en los que condenan las prácticas de sus copartidarios. También aparecen cuestionamientos frente al gobierno nacional por el proyecto de ley que reformaría el censo electoral y que afectaría directamente al mismo partido.

Sin embargo, más allá de los intereses inmediatos que se vean amenazados por el eventual ascenso de un partido de izquierda, se debe hacer una evaluación acerca de las consecuencias de esta situación para una democracia sana. ¿Será que al país le conviene un escenario monolítico en materia política, donde no exista el disenso y desaparezca el debate? Una verdadera democracia es aquella que se nutre de las diferencias, la diversidad de opiniones y las múltiples visiones sobre lo que le conviene al país, y no donde las mayorías imponen su voluntad libremente.

Esto, desde luego, no implica ignorar los errores del Polo ni de ningún otro partido, así como tampoco perdonar sus culpas; todo lo contrario. El escrutinio público debe ser generalizado y debe asegurarse de las leyes se cumplan y de que los recursos públicos se utilicen de forma debida. Lo que no se puede aceptar es el uso selectivo de estos mecanismos democráticos para acallar el disenso y por ese camino marginar a un partido político. Si no se garantiza un espacio de debate y unas reglas de juego tales que las diferentes voces –sean estas de izquierda o de derecha- sean escuchadas, ¿de qué tipo de democracia estamos hablando?

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Enlace a la columna en Zero Horas:

Sunday, February 6, 2011

Justicia Transicional, Democracia y Paz

Uno de los conceptos jurídicos más importantes de finales del siglo pasado es el de Justicia Transicional. Algunos autores lo definen como “justicia adaptada a sociedades en transformación luego de un período con violaciones masivas de los derechos humanos” (1). Entre los objetivos principales de los mecanismos que hacen parte de este tipo de justicia, se destacan la reducción del número de crímenes de lesa humanidad y la transición y consolidación de la democracia en las sociedades afectadas. No obstante, hay un debate abierto acerca de la efectividad de las prácticas de tipo transicional, así como del tipo de mecanismos ideales para alcanzar sus objetivos. Es decir, ¿son los mecanismos transicionales –amnistías, juicios, comisiones de la verdad- garantes de una reducción de las violaciones a los derechos humanos y fortalecimiento de la democracia? Y si es así, ¿qué tipo de combinación de estos mecanismos facilitan el alcance de dichos objetivos?
 
Un estudio reciente en el Human Rights Quarterly (2) busca ofrecer un marco general de análisis de los diferentes mecanismos transicionales, e intenta dar respuesta a algunos de estos interrogantes. Los autores distinguen cuatro tipos diferentes de enfoques de justicia transicional: maximalista, o que pone el énfasis en la rendición de cuentas,  es decir, que los responsables por las violaciones de derechos humanos paguen por sus crímenes; minimalista, que enfatiza en los procesos de amnistía como condición necesaria para alcanzar estabilidad y fortalecimiento de la democracia; un enfoque moderado, basado en comisiones de la verdad; y un enfoque holístico,  que recurre a diversas combinaciones de los mecanismos anteriores.

Como es claro a partir de aquí, aparecen claras tensiones entre algunos de estos enfoques. Mientras que los críticos de un enfoque maximalista argumentan que este representa obstáculos insuperables para alcanzar la paz, aquellos que cuestionan el enfoque minimalista aducen que la impunidad que generan los procesos de este tipo son generadores de más violencia. Es decir: “mientras un enfoque maximalista enfatiza la parte de “justicia” de la ecuación de justicia transicional, un enfoque minimalista enfatiza la parte de ‘transición’.” Los defensores de ambos enfoques consideran a las comisiones de la verdad como la segunda mejor opción después de su favorita. Sin embargo, los maximalistas ponen en duda la eficiencia de estas comisiones para garantizar el imperio de la ley, el fortalecimiento de las cortes y la erradicación de la impunidad; los minimalistas, por su parte, consideran que  estas comisiones pueden generar problemas al referirse a crímenes que quedan por fuera de las leyes de amnistía, así como por la reacción que pueden tener los responsables de estos.

Los defensores de un enfoque holístico -en el que se combinen al menos dos de los enfoques anteriores- argumentan que procesos donde no se castigue a los responsables, o no se cuente la verdad, o no se repare a las víctimas, son, por definición, procesos incompletos y, por consiguiente, representan dificultades importantes en un proceso de transición. Por esta razón, consideran necesario incluir elementos de cada uno de estos enfoques para alcanzar la reducción de la violencia así como los objetivos trazados en materia de democracia.

El estudio mencionado utiliza una base de datos con 91 procesos de transición a la democracia en 74 países desde 1970 a 2004. Los autores encuentran que si bien los procesos de justicia transicional contribuyen al fortalecimiento de la democracia y a la reducción de la violencia, no cualquier tipo de proceso tiene un efecto positivo sobre estas variables. De hecho, ninguno de los mecanismos de justicia por sí solos ayuda a reducir la violencia o fortalecer la democracia. Sólo la combinación de estos mecanismos genera resultados positivos sobre los objetivos que hicieron necesario el establecimiento de la justicia transicional.

A pesar de que el artículo no es explícito en cuanto a sus métodos, y sólo presenta una versión reducida de sus resultados -lo cual hace que para el lector sea difícil extraer los detalles del trabajo-, sus conclusiones son un llamado de atención acerca de los mecanismos que se aplican al llevarse a cabo un proceso de transición a la democracia o de firmas de acuerdos de paz. Es claro que leyes de perdón y olvido, como las que se han tratado de emitir en varios países no son garantía alguna del fortalecimiento de la democracia ni de la reducción de la violencia. Aunque es necesaria una dosis de perdón para facilitar el período de transición, las leyes de indulto tras la comisión de crímenes contra la humanidad sólo garantizan la impunidad y, muy probablemente, el retorno de la violencia en un mediano plazo.

Como muestra la experiencia de algunas de las dictaduras del Cono Sur, las heridas que los crímenes contra la humanidad generan en la sociedad sólo empiezan a cerrarse una vez los responsables son juzgados por ellos. Las amnistías firmadas bajo la presión del poder militar de una de las partes no ofrecen, por sí solas, el arreglo de cuentas con el pasado que estos procesos buscan. Desde luego, esto también aplica para casos donde las desmovilizaciones de militantes de un movimiento armado, más allá del espectáculo ante los medios, sólo representan el ocultamiento de la verdad, así como la impunidad acerca de centenares de crímenes atroces. De esto tenemos experiencia de sobra en Colombia; las consecuencias de mediano plazo, como estamos empezando a ver, no son nada alentadoras.

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Referencias

(1) International Center for Transitional Justice. What is Transitional Justice?  http://www.ictj.org/en/tj/.

(2) Tricia D. Olsen, Leigh A. Payne and Andrew G. Reiter. The Justice Balance: When Transitional Justice Improves Human Rights and Democracy. Volume 32, Number 4, November 2010.

Wednesday, February 2, 2011

TLC con Estados Unidos e Integración Regional

La semana anterior vimos el retorno del debate acerca de la firma del Tratado de Libre Comercio de Colombia con Estados Unidos. En esta nueva discusión aparece por un lado la breve mención del tema en el discurso sobre el estado de la unión por parte del Presidente Obama y, por otro, la visita a Washington del Vicepresidente Colombiano y su reunión con la Secretaria de Estado. Tras múltiples reuniones y pronunciamientos, el panorama hacia una eventual firma del tratado es aún bastante incierto.

En sus declaraciones a la prensa, Hillary Clinton expresó la necesidad de revisar el acuerdo para que una vez sea enviado al Congreso este no sea rechazado, lo que para muchos significa una renegociación. No obstante, Gabriel Silva, embajador de Colombia en Washington, destaca el consenso entre diversos sectores estadounidenses acerca de los beneficios del tratado en materia de empleo y del desempeño general de la economía de ese país. Adicionalmente, en su discurso del martes, Obama establece: “Sólo firmaré acuerdos que sean fieles a los intereses de los trabajadores estadounidenses y que estimulen trabajos estadounidenses.”

Resulta curioso, por decir lo menos, que todas las preocupaciones mencionadas acerca de empleos, crecimiento y otros beneficios económicos provengan del país más rico de la relación y no de su socio potencial, como sería de esperar. Al parecer la discusión parte de la premisa de que el comercio que se genere traerá beneficios para todas las partes; es decir, si el tratado es bueno para Estados Unidos, es bueno para Colombia.

Sin embargo, aun manteniendo el argumento acerca de las bondades del libre comercio, una característica de los acuerdos como el que se discute es que no se limitan a una reducción generalizada de aranceles como mecanismo para generar un mayor flujo de bienes y servicios. Por el contrario, estos acuerdos establecen una serie de excepciones y condiciones que enmarcan la relación comercial bilateral una vez entran en vigencia.

El ejemplo más común de estas restricciones son las famosas reglas de origen, que establecen el mínimo porcentaje de contenido nacional que debe tener un producto que quiera ser vendido en el mercado del país socio. Al hablar de países como Colombia, esto dificulta la posibilidad de integración con sus vecinos, ya que al tener que satisfacer las reglas de origen, se reducen los incentivos de negociar con un vecino que produzca insumos. Tal escenario genera una mayor dependencia frente a los países desarrollados y establece importantes obstáculos frente a un eventual proceso de integración regional –exactamente lo contrario a lo que la región necesita.

Por lo tanto, si el objetivo real fuera generar un mayor volumen de comercio se le debería poner más atención a los desmontes generalizados de aranceles por medio de la Organización Mundial del Comercio y no a este tipo de acuerdos, como ha sido costumbre en las últimas dos décadas. En un reciente libro sobre el tema, Mark Manger –Profesor de Relaciones Internacionales del London School of Economics- muestra que la verdadera causa detrás de estos acuerdos comerciales son las presiones que las compañías multinacionales de los países desarrollados ejercen sobre sus gobiernos. El objetivo que persiguen es la liberalización de sectores donde estas compañías son fuertes y que requieren de insumos importados; así, lo que buscan es reducir sus costos y facilitar su integración vertical, por lo cual resulta evidente que la liberalización sólo se dé en unos sectores mientras excluye muchos otros. No es entonces sorprendente la escasa liberalización que acuerdos como NAFTA (acuerdo de libre comercio de Norte América) significan en áreas como trabajo y productos agrícolas –ambos de gran interés para México- frente a la significativa liberalización en sectores como el automotriz y de servicios -de interés para Estados Unidos.

Más aún, si de incrementar el volumen de comercio con Estados Unidos se trata, Colombia debe buscar profundizar y extender el acuerdo de preferencias arancelarias andinas (ATPDEA) que, en últimas, es la contraparte del esfuerzo que el país y sus vecinos hacen en la lucha anti-drogas. El principio de corresponsabilidad en esta lucha no puede limitarse a la financiación de la guerra y la erradicación de cultivos.

Las repetidas señales que ha enviado el gobierno estadounidense respecto a este tema deberían ser tomadas como una lección acerca del tipo de relaciones internacionales a las que les que el gobierno colombiano debe dar prioridad. El discurso de Juan Manuel Santos acerca del potencial rol del país como líder de la región debe ser puesto en práctica, y esto significa mirar más hacia los vecinos y menos hacia el norte. Ojalá sea cierta la actitud que tanto él como Angelino Garzón, han mostrado frente al tema cuando dicen que Colombia “no se sentará a llorar” si el acuerdo no se firma, y que Colombia “seguirá buscando socios comerciales”.

Después de tener un presidente que le pedía a Estados Unidos que estableciera bases militares en su territorio, esta actitud es, sin duda, un gran avance. Ojalá este discurso del actual gobierno sea mucho más que palabras.

Sunday, January 30, 2011

¿El Fin de la Confrontación Ideológica en Latinoamérica?

En un artículo reciente en el Journal of Democracy, Michael Shifter –Presidente del Diálogo Interamericano, un centro estadounidense de estudios políticos- destaca la presencia de una tendencia en Latinoamérica hacia la reducción del espectro ideológico, acompañada de una estabilización hacia el centro del mismo. Respalda su afirmación con diferentes encuestas de opinión pública en la región, resultados de elecciones en varios países y medidas de política por parte de sus gobiernos. Desde su perspectiva, los discursos de algunos líderes políticos intentan mostrar la presencia de diferencias ideológicas que en la práctica realmente no existen, o al menos no de forma tan marcada.

Así, aunque Shifter coincide con la mayoría de estudiosos de la región, en señalar un viraje hacia la izquierda, aclara que el equilibrio en el espectro ideológico aún se encuentra ligeramente cargado hacia la derecha pero con opciones mucho menos polarizadas que hace una década. Adicionalmente, la creciente independencia frente a Estados Unidos ha permitido a varios de los países Latinoamericanos poner mayor énfasis sobre la agenda socioeconómica, aspecto que no es bandera de la política económica de la potencia mundial. Para el autor, se ha alcanzado un “nuevo consenso” en torno a los enfoques de política económica y social, que consiste en complementar las políticas características del Consenso de Washington con políticas dirigidas a atacar los problemas perennes de pobreza y desigualdad económica de la región. Las fórmulas de disciplina fiscal, privatización, desregulación de la economía y liberalización del comercio han sido acompañadas por importantes políticas de carácter social como los exitosos programas de transferencias condicionales de dinero.

Parte de la confianza en el enfoque de política social y económica adoptado se debe al éxito relativo con que fue afrontada la crisis económica de 2009; sólo México y Centroamérica, cuyas economías son altamente dependientes de la de Estados Unidos, se vieron notablemente afectadas por la crisis. El resto de la región logró superar la prueba de forma satisfactoria y, en casos como Brasil, a la estabilidad macroeconómica se le suman importantes logros en temas sociales. Esto sin olvidar que Latinoamérica es la región más desigual del mundo y que aún mantiene altos índices de pobreza que, como lo señala el texto, son una de las causas que más ha dificultado el desarrollo de una democracia robusta.

La tendencia hacia el centro que se ha observado en los últimos años se debe parcialmente al desencanto de amplios sectores de la población –principalmente los votantes más jóvenes- con prácticas políticas tradicionales características de períodos de mayor polarización. Así, es de destacar la fuerza electoral que alcanzaron algunos políticos parcialmente fuera del debate izquierda-derecha como Antanas Mockus en Colombia, Marco Enríquez-Ominami en Chile, o Marina Silva en Brasil. Es igualmente importante la cercanía ideológica entre la mayoría de los candidatos a la Presidencia en cada uno de estos países, donde las diferencias radicaban más en estilo y personalidad que en propuestas políticas de fondo. Adicionalmente, en países que han mostrado un viraje hacia la izquierda -lo que resulta “problemático” para algunos analistas-, es de destacar la disciplina fiscal de Morales en Bolivia o el pragmatismo de Ortega en Nicaragua; esto es prueba adicional de la generalidad en la aceptación de cierto tipo de políticas.

Pero, ¿qué tan estable puede llegar a ser el equilibrio del que habla Shifter en su artículo? Como él mismo lo reconoce, la región aún enfrenta importantes retos en temas económicos, sociales y un largo camino por recorrer en cuanto a la fortaleza de sus instituciones políticas, sus sistemas judiciales y las altas tasas de criminalidad. Otro artículo en el mismo número de la revista discute la dificultad de alcanzar estabilidad política y seguridad en una región donde el Estado es ausente en múltiples partes del territorio, lo que genera simultáneamente amenazas para la seguridad individual y la seguridad nacional. En algunos casos, la presencia de estos retos puede conducir a dificultades importantes del sistema político y, por ese camino, abrir la puerta a opciones ideológicas por fuera del centro del espectro ideológico hacia el que tiende la región.

No obstante, los problemas no terminan allí. Más allá de la violencia urbana y el crimen organizado que encuentra su origen en la vasta desigualdad socio-económica, los intentos de corregirla representan ataques directos a grupos poderosos económica y militarmente. Como es de esperarse, estos grupos no están dispuestos a ceder su posición favorable por mecanismos pacíficos, con lo cual pueden generar una fuerte polarización ideológica. Ejemplo de esto son los carteles de la droga en México y Centroamérica, o las bandas criminales emergentes (BACRIM) que surgieron del proceso incompleto de desmonte del paramilitarismo en Colombia.

La presencia de estos grupos con grandes intereses políticos y económicos, acompañados de los problemas sociales que han caracterizado históricamente a Latinoamérica, pueden generar rupturas irreparables en la tendencia hacia el equilibrio ideológico que describe Shifter.

Adicionalmente, dada la tradición de prácticas clientelistas presentes en la región, no es de sorprender que la pérdida de fuerza del debate ideológico sea utilizada precisamente para que políticos que defienden los intereses de estos grupos, co-opten partidos políticos con una ideología débil. Esto les permitirá alcanzar el poder, seguir defendiendo el statu quo y, así, detener la tendencia progresista que han mostrado algunos países y que varios otros están aún por iniciar. A menos que se solucionen estos problemas de fondo, a pesar de las señales que muestra el escenario político, es apresurado hablar de un fin de la confrontación ideológica en Latinoamérica.

Adenda
El artículo de hoy de Maria Jimena Duzán en la Revista Semana tiene un análisis interesante acerca de las consecuencias de este tipo de estabilización ideológica para el caso particular de algunos políticos colombianos. Recomiendo su lectura.
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Referencias:



Sunday, January 23, 2011

Multipartidismo e Identificación Ideológica

Un aspecto importante en la escena política Latinoamericana de las últimas décadas es la transición que varios países han hecho hacia sistemas políticos multipartidistas. Lo que antes eran sistemas de dos partidos, como los casos de Uruguay y Colombia, o de un solo partido dominante, como en el caso de México, ha dado espacio a escenarios con varias opciones electorales y múltiples agendas políticas e ideológicas.

Sin embargo, la variedad que ofrecen estos sistemas multipartidistas va acompañada de una dificultad creciente en términos de la comunicación ideológica entre las élites políticas y las masas. Así, en escenarios con baja polarización, mientras los sistemas bipartidistas facilitan al electorado la identificación con uno u otro partido, esto deja de ser cierto cuando hay múltiples opciones. Parte de esta dificultad se debe a la aparición de partidos del tipo "agárralo-todo": aquellos que integran diferentes visiones, probablemente gracias al atractivo individual de algunos de sus líderes, pero que carecen de una ideología política bien definida. Estos partidos hacen que para los electores sea difícil entender conceptos básicos como izquierda y derecha, y, más aun, que puedan ubicarse a sí mismos en este espectro. El lado negativo de todo esto es que si las élites y las masas hablan lenguajes políticos diferentes, se hace más difícil pensar en la consolidación del sistema de partidos, lo que a su vez se traduce en una baja representación en términos de ideología y de políticas públicas.

Un reciente estudio publicado en el Journal of Politics in Latin America utiliza datos de encuestas de Brasil para estudiar qué determina la capacidad de la gente de auto-ubicarse en el espectro ideológico, así como la estabilidad de sus respuestas a lo largo del tiempo. Posteriormente indaga acerca de las consecuencias en términos del tipo de políticas y candidatos que son apoyados cuando hay presencia de estos problemas de auto-ubicación e inestabilidad.

Como se desprende del contraste entre bipartidismo y multipartidismo, los resultados del estudio muestran que a mayor distancia ideológica entre candidatos políticos, mayores niveles de auto-identificación y estabilidad ideológica por parte del electorado. Similarmente, ambientes con mayor información política afectan positivamente la auto-ubicación en el espectro izquierda-derecha, mientras que la participación en conversaciones políticas contribuye también a la estabilidad de estas elecciones. En términos del papel de los medios de comunicación, la lectura de periódicos afecta positivamente a ambas variables; la radio sólo tiene un efecto sobre la auto-ubicación; mientras que ver noticias por televisión no contribuye a ninguna de las dos.

Pero, ¿cuál es el la consecuencia de fondo de que la gente se pueda o no ubicar en el espectro izquierda-derecha? En la segunda parte del artículo sus autores muestran que aquellos ciudadanos que no logran ubicarse en el espectro ideológico o cuyas elecciones en el tiempo son más inestables, tienden a ser "derechistas en potencia", y expresan esta tendencia en las urnas al votar por candidatos de derecha.

En sus palabras:
"Los votantes que no logran identificarse en el espectro izquierda-derecha típicamente tienen un menor nivel de educación y estatus social y están menos interesados en política. Tienden a valorar diferentes características de los políticos, y se centran principalmente en su personalidad y en beneficios particulares en lugar de resultados de política. En Brasil los candidatos de la derecha han sido asociados tradicionalmente con beneficios clientelistas y personalistas en mayor medida que los candidatos de la izquierda" (Ames y Smith, 2010).
Así, un sistema multipartidista, con partidos sin una clara identificación ideológica, favorece principalmente a candidatos que responden a intereses inmediatos de la población –por ejemplo arroz o tejas - o para los cuales la imagen del líder es uno de sus activos más importantes. No obstante, como lo indican los autores, esto no necesariamente es una regla: los casos de Chile y Francia se caracterizan por un alto número de partidos y una alta polarización, lo cual permite fácilmente definirlos como de izquierda o de derecha, facilitando, a su vez, la auto-ubicación de sus electores.

Desde luego, es de esperarse que en sociedades con una pobre cultura política, la ideología que caracteriza a partidos fuertes sea fácilmente reemplazada por la imagen de unos líderes populares o por consignas electorales disociadas de agendas políticas e ideológicas. Al sacrificar la ideología a cambio de un discurso político ambiguo, los partidos políticos dejan de ser mecanismos eficientes para la verdadera representación del electorado. La pobre coherencia entre el mensaje que envían sus líderes y la forma como este es recibido por el resto de la población, genera obstáculos importantes para el fortalecimiento del sistema político y, por ese camino, para la consolidación de una democracia sana. Lamentablemente este es el escenario predominante por estos días en muchos de los países de la región.

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Enlace al artículo Knowing Left From Right: Ideological Identification in Brazil, 2002-2006
 
Referencia:
Ames, B., and Smith, A.E. Knowing Left From Right: Ideological Identification in Brazil, 2002-2006. Journal of Politics in Latin America, Vol 3, No. 3, 2010.

Sunday, January 16, 2011

Disonancia Cognitiva, Actitudes Personales y Partidos Políticos

Cuando un ciudadano se ve ante la elección de un candidato o partido político, su decisión obedece a variables como su orientación ideológica personal, sus creencias, valores, o sus pre-concepciones acerca del papel del Estado entre muchas otras. Así, es de esperarse que una persona muy creyente no se incline por un partido anti-clerical, o que un defensor a ultranza del libre mercado no integre un partido de izquierda.

Sin embargo, la fuerte relación existente entre características personales e identificación partidista va más allá de esto, como lo muestra un reciente
estudio publicado en el American Political Science Review. Los autores argumentan que si bien la relación de características personales a elección partidista es cierta, su estudio ofrece evidencia acerca de la relación causal inversa: la elección de un partido político afecta las actitudes y comportamientos políticos de sus integrantes.

Este resultado va en la misma dirección de algunos estudios en psicología social: allí, se conoce como "disonancia cognitiva" al sentimiento que se tiene cuando se enfrenta información contraria; un mal comentario acerca de alguien a quien uno aprecia, por ejemplo. Esta incomodidad se resuelve por medio de un proceso mental de ajuste de creencias y actitudes de acuerdo a las pre-concepciones sobre el fenómeno en cuestión. Así, compartir una identidad o pertenecer a un grupo –llámese tribu, religión, raza o partido- genera comportamientos y creencias que hacen que sus integrantes se identifiquen más con otros miembros del mismo grupo que con aquellos fuera de este; desde luego, muchas veces esto implica ignorar los posibles errores del grupo.

El estudio -realizado por un equipo de Profesores de la Universidad de Yale- consistió en un experimento de campo en el estado de Connecticut, Estados Unidos, de cara a las elecciones presidenciales primarias de 2008. Tras una encuesta inicial, se contactó por correo a posibles votantes que no estaban registrados en ninguno de los dos partidos políticos dominantes pero que mostraban cierta inclinación hacia uno u otro. En el correo a los potenciales electores
sólo se les recordaba que para poder votar en las primarias, el estado de Connecticut les exige a sus residentes estar registrados en algún partido.

Ente los resultados de la investigación se encuentra que aquellos individuos que fueron contactados tuvieron una probabilidad más alta de registrarse y votar que aquellos que no lo fueron. Lo más interesante, sin embargo, es que en una encuesta realizada meses más tarde se observa que quienes decidieron registrarse como resultado del correo, muestran una mayor identificación con el partido político de su elección, que aquellos que no lo recibieron. Igualmente, aquél grupo muestra mayor coherencia en términos de la relación entre su elección de partido, comportamiento electoral y la evaluación de políticos, sean estos de su mismo partido o del partido contrario. Finalmente, no se encuentra un efecto importante sobre opiniones políticas personales o el grado de participación en política.

Si bien este es un estudio pionero en el tema, lo cual hace necesario complementarlo con otros similares para alcanzar resultados concluyentes, surgen de aquí un par de reflexiones importantes. Por un lado, es positivo que los partidos aglutinen al electorado y lo movilicen para participar en elecciones, en últimas, la participación masiva en estas es fundamental para la legitimidad de una democracia. Así pues, es destacable que la membresía partidista tenga un efecto positivo sobre el comportamiento electoral.

Por otro lado, es preocupante que no se encuentren efectos importantes en términos de opiniones y participación en política. Es decir, pareciera que los miembros de los partidos son motivados únicamente para participar en elecciones, más no para debatir acerca de temas políticos o mejorar sus opiniones personales sobre los mismos. La situación es aún más crítica cuando observamos que los miembros de un partido tienen una mejor opinión acerca de los políticos de éste (frente a aquellos que no son miembros de ningún partido), al tiempo que empeora su opinión respecto a los políticos del partido contendor. Es decir, sólo por el hecho de pertenecer a un partido una persona es menos crítica de los políticos que la representan, al tiempo que es más crítica de los demás.

Este último resultado ayuda a explicar los altos niveles de popularidad que mantienen algunos políticos luego de votaciones masivas a su favor, a pesar de la evidencia de fallas importantes en su administración. Así, pareciera más importante para los ciudadanos sentirse identificados con su partido, para lo cual tienen que dejar de lado los errores que este comete, en lugar de mantener una actitud crítica hacia sus líderes y ejercer un control político riguroso.

Es lamentable ver la ciega defensa de proyectos políticos, más aún cuando sus abusos, errores y omisiones saltan a los ojos de la ciudadanía. Es también lamentable que en muchos casos resulte más importante la identidad partidista que el buen juicio político. Y, finalmente, si es poco lo que podemos hacer frente a estos problemas de disonancia cognitiva, más vale tener en cuenta que nuestras decisiones respecto a políticos y partidos cambian el juicio que tenemos de ellos. Así, no sólo es necesario elegir bien y ejercer un control político permanente, sino también recordar que la forma como vemos a los políticos y sus partidos están siendo afectadas por nuestras decisiones pasadas.
¡Una tarea nada fácil!

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Enlace a una versión libre del artículo Party Affiliation, Partisanship, and Political Beliefs: A Field Experiment
 

Referencia:
Gerber, A., Huber, G. and Washington, E. Party Affiliation, Partisanship, and Political Beliefs: A Field Experiment. American Political Science Review, Nov. 2010, Vol 104, No. 4.

Wednesday, January 12, 2011

Sobre los Hechos Recientes en Arizona

Esta semana escuché a la congresista estadounidense por el estado de Arizona, Ileana Ross Lehtinen, en una entrevista acerca de los hechos ocurridos la semana pasada en los que seis personas resultaron muertas y más doce heridas, incluyendo a la Representante Demócrata Gabrielle Giffords. Su respuesta ante varias preguntas relacionadas con el posible efecto de la polarización política del país, la facilidad para adquirir armas en ese Estado, e incluso, algunas campañas agresivas por miembros del Tea Party, fue siempre la misma: los hechos fueron exclusivamente responsabilidad de un “enfermo mental” y de ninguna manera están relacionados con aspectos sociales, políticos o económicos de la nación. Es decir, son simples hechos aislados.

Desde luego, lo políticamente correcto en este tipo de situaciones es desmentir cualquier complot, tensión política con resultados violentos e ignorar el carácter incendiario del discurso por parte de algunos políticos. Es mucho más conveniente mandar la señal de que estos hechos son un problema mental de un sólo individuo y que, por consiguiente, no hay nada que cambiar en la sociedad.

De estos "hechos aislados" hemos escuchado mucho a lo largo de la historia. En 2007, en coautoría con Andrés Salazar, escribí un artículo acerca de este tipo de posiciones para el caso particular de la violencia entre tribus urbanas en Colombia. Creo que el argumento que desarrollamos en ese artículo aplica para el caso presente tras hacer un simple reemplazo de nombres. Ustedes juzgarán.

Aquí va el enlace: